sábado, 4 de febrero de 2017

¿Qué hace la gente que no lee?

La personalidad anal se asocia a aquellos que manifiestan un interés intenso por el “orden”; personas que se esmeran en “organizar” con esmero sus espacios, muebles y enseres, y muestran un decoro visible en el vestir y otros rituales. Sostengo que entre estas huestes anales se encuentran muchos individuos que no leen y en casos extremos tienen aversión a la lectura y a los libros. Una relación especial con el dinero es otro rasgo presente en el carácter anal.
Los anales piensan mucho en el dinero y son sobrios en sus gastos hasta llegar a la tacañería. Seguro un buen número de ellos considera un crimen hacer un gasto para adquirir un libro; después de todo, los libros para ellos son artículos que subvierten el riguroso orden y belleza de su hábitat. Obviamente, el que ante el libro experimenta incomodidad y mortificación tiene un problema serio: una de las pretensiones universales y omnipresentes en este mundo es la de que los libros son objetos mágicos, que entre todos leemos con piedad y curiosidad no solo el vasto patrimonio de las tradiciones literarias del oriente y del poniente, sino todo lo que imprimen día y noche las editoriales. Un individuo que odia los libros tiene que camuflarse en un entorno así. Eso nos aproxima a una de las prácticas en que invierten su tiempo los que no leen: el fingir que lo hacen, que son gallardos lectores, que su mesa de noche está bien aprovisionada de libros importantes y novelas irónicas.
Nada de lo humano me es extraño. Entre los que no leen hay no pocos que hacen que otros lean y luego publiquen en donde sea una reseña que ellos firman. Ellos, no el verdadero lector. Es un suplicio, pues tienen que pagarle algo al “negro” y ya queda dicho que son tacaños delirantes. No nos sorprenda descubrir eventualmente que aquel tipejo sonriente que dirigió muchos años la biblioteca municipal no escribía ninguna de las reseñas de libros que el mismo dejaba todos los jueves en el diario. ¿Qué hace la gente que no lee? No hay riesgo de que se aburran, pasan la mitad de su vida diciendo que leen y dejándose ver en lanzamientos editoriales y haciendo espléndidas gestiones culturales.
Si sospechas de alguien que lee tanto como un pez, tal vez es el fabuloso poseedor de una personalidad anal. Pero están también los exhibicionistas, los manipuladores y los seductores. Los hay que esta vida vuelve seductores compulsivos, adictos al aplauso y al incienso que se prodiga sobre sus cabecitas. Su agenda apretada los mantiene bastante ocupados, de modo que no hay riesgo que se encuentren sin nada que hacer. Sin embargo hay ocasiones en que la seducción entraña el que tengan reputación de seres librescos, de exquisitos lectores. En estos tiempos se les facilita todo con las redes sociales. No tienen sino que escribir en su Facebook primorosas frases sobre los libros y sobre escritores icónicos que copian en Google. Escribirla todos los días, acompañadas de imágenes sublimes.
Estas anotaciones apresuradas permiten trabajar la arriesgada hipótesis de que la especie lector no cuenta con tantos especímenes como creemos. Toda prueba a favor de tal hipótesis es una sugerencia dirigida a las editoriales. ¿Qué tal si reducen los tirajes de los libros? Las quejas intermitentes de los libreros de que materialmente no pueden vender todos los libros que imprimen las editoriales son un indicio que los que no leen son una multitud. Una multitud en la que militan muchos individuos tipo anal, tipo seductor/manipulador y tipo exhibicionista…y en general tipo “bruto”…todo porque la gran aventura de su puta vida fue aprender a controlar esfínteres.

Pero la estrategia reina para hacer creer a los demás que entre libros te hayas como la abeja en el panal es escribir uno. Le pagas a un tipejo empobrecido de tanto comprar libros para que escriba un libro en cuya cubierta aparezca tu nombre. Es el antídoto total contra los descreídos. ¿Se puede dudar de que no lea libros quien los escribe?

miércoles, 18 de enero de 2017

-La rebelión de los oficios inútiles- El arte de desaparecer la fábula

Una perversión a medias es peor que un crimen entero…el patrón de collage en La rebelión de los oficios inútiles se queda en mecanismo gratuito, no trasciende cierto designio manipulador, es insincero. Es, sin embargo, un texto premiado. No es un premio importante. ¿O sí? El premio de novela del diario bonaerense Clarín, entre los tan cuestionados premios, no suena como el super-importante. En Colombia, hervidero de entusiastas no ha habido mucha fiesta por este premio, en un país pronto siempre a festejar los “logros” de sus nativos en el exterior.
Las novelas premiadas están quizás más obligadas a ser novelas. Tienen que empezar por ser relatos. El premiado autor tiene que entendérsela con ese esquema diacrónico, se presume que tiene sensibilidad al desarrollo lineal de una “acción”, la “praxis” de la Poética de Aristóteles. ¿Cómo explica que este libro carezca de la libido épica y sea un apilamiento sordo de referencias sin fábula?
Lo que nos arrastra en la existencia, la conciencia, es fundamentalmente narradora, fatalmente establece nexos entre momentos, el ritual de la historia narrada surge de este proceso. Y al narrar su “fábula”, la conciencia narra sus objetos, su mundo, lo desdobla. Este libro premiado evade todo el tiempo este proceso y el resultado es que no asoma en él ninguna conciencia con la que el lector dialogue. Al no desdoblar sus referencias en narración no construye relato. 
En referencia obvia se quedan los ocupantes desesperados de un lote de tierra, el premiado Daniel Ferreira les ofrece apenas su manía de la frase por la frase, su opción gratuita por el ciego expresionismo de su texto, nunca llega a calar la verdad de la invasión y de sus héroes. No penetra el tema, no es un topo de su tema.
El vacío narrativo, la manipulación sorda, la gratuidad y la truculencia del texto son evidentes en enunciados como:

“…mañanas cuando entendemos lo que significa que el hombre es lobo para el hombre, esas tardes en que constatamos que no existen las bestias, que el hombre es la única bestia, frenética, abusiva, parásita, sedienta de sangre…” p. 139

“…estaba completamente absorbido, asimilado y exudado por los existencialistas de Francia, por Sartre y Camus, mi maestro, Albert Camus, el modelo exacto (pleonasmo) de lo que debe ser un escritor, si es que un escritor debe ser algo en este mundo…” p. 137

“Cuando empieza a sentirse embotado por el humo y el hedor a tabaco mil veces fumado, sale de aquel moridero con la chaqueta cundida de alquitrán y el vómito rasposo y atragantado en el esófago” p. 162

“Sin mediar palabra, los gorilas le asestan puñetazos en el estómago y la mandíbula. El trata de defenderse, pero uno de los gorilas ya le retuerce el brazo empuñado con una llave de lucha grecorromana y el otro le lanza puños en el estómago” p. 163

 “Ese mismo día conoció al cubano. Al día siguiente salió rumbo a La Florida en ese Ford negro como el vestido satinado de la puta, como el corazón de Laura Litri; negro, como Manhattan, negro como su ojo izquierdo hinchado por los puñetazos.”

El chiste es que Daniel Ferreira, el autor, alega que este texto es parte de una “pentalogía”. Buen chiste.




domingo, 15 de enero de 2017

La parentela del Gólem

Son exóticos, heterodoxos, parvos, marginales, heréticos. No es lo suyo la gran gesta ni la aventura vasta e intrépida. Ni la aclaración de asesinatos y otros crímenes. Ni amparan damas en problemas ni viudas y huérfanos. Rehúyen la máquina del mundo y vegetan en extremas circunstancias. Se parecen a Harry, el lobo estepario; al errante Stephen Dedalus, al sufrido Gregorio Samsa. Sus peripecias chaplinescas pueden resultar divertidas al lector cómodo en su sillón.
El acervo de creaturas literarias raras y ambiguas sigue aumentando como si surgiera de una manía obsesiva. A través de las ficciones actuaría un alma colectiva que busca respuestas en esos personajes vagos, de idiosincrasias irónicas y “borderline” que ya se ven a gatas para englobar los conceptos de antihéroe y de “perdedor”. ¿Qué significan estas “sombras” de la literatura?

Don Quijote es un antihéroe típico; en comparación con las creaturas a que aludo es un individuo coherente y consolador. Ninguno de los golem que han surgido en los últimos tiempos posee la filosofía y el estoicismo de Huckleberry Finn, otro antihéroe a quien se ama fatalmente. Sin un posgrado en las poéticas de Faulkner es imposible rastrear hasta él, enfáticamente, los genes de esta tribu de personajes. En García Márquez parecen encontrarse en estado natural, en óptimas condiciones, en su tinta. Si existe una escuela del personaje marginal, cerrado en su mundo sublunar, ceñido por su renuncia poética a encarnar en laboriosas convenciones y refocilarse en la aprobación y los reconocimientos del ágora, Gabriel García Márquez es uno de sus heresiarcas.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Elegía de Barranquilla

Barranquilla, Barranquilla
Mujeres como palomas
Que tienen una estrella
En el centro de su cuerpo.
Ciudad morena, ciudad descalza.
El milagro de un andén tapizado de flores amarillas.
Tus hombres se tomaban el día
Como un vaso de ron
Y sus voces en las tiendas eran cantos de cocodrilo
Ciudad de agua y de sol
Un dragón te devoró en un eclipse
Y silenció tu canción de arena.
Sin ciudad por el mundo ajeno me arrastro
¿quién me quiere si mi ciudad desapareció?
¿De qué sirve mi lengua materna
Si ya no puede resonar en tus andenes?
Voy enmudeciendo como un crepúsculo.
Ciudad descalza, de arena y sol

Te camino en mis recuerdos con pasión.

jueves, 13 de octubre de 2016

Literatura con guitarra -Bob Dylan Nobel de Literatura-

Soy de esa gente perdida adicta a los rituales, por eso una parte mía gruñe por que se nos haya dejado este año sin ritual del Nobel de Literatura. No hubo esa epifanía en que un escritor o escritora con muchas millas tecleadas y la vida con las cicatrices del sobreviviente de un oficio que cada vez se vuelve más arriesgado y competitivo, amaneciera con todos sus problemas resueltos por las coronas suecas. Ni se sintió la monstruosa envidia de sus colegas que teclean en medio de penurias y el desprecio de sus vecinos sosteniendo una taza de café que cada vez es más negro y cada vez sirve menos para atraer la inspiración, para desbloquear esa ansiedad e incertidumbre que llevó a Philip Roth a prometer no escribir más y darse una oportunidad como ser humano. Este año no hubo ritual porque no es lo mismo, no es lo mismo un escritor con una guitarra, que pesca la poesía con guitarra, no es lo mismo.
Con esa guitarra, objeto mágico entre los objetos mágicos, Bob Dylan mantuvo a raya la magia negra de la literatura, las fusas y las semifusas capturaron las palabras que incendiaron el alma en años de resistencia y protesta contra el establecimiento, el mejor de los establecimientos si quieres tener uno contra el cual lanzar piedras con una guitarra. Sus poemas guitarreados articularon la herejía de varias generaciones de contestatarios al mejor estilo norteamericano. En su género, el de la canción protesta de granito, su figura pronto fue prometeica, inmensa, única en su especie. Imposible de copiar esa voz que salía la mitad por la nariz judaica e irreverente bajo unos pelos puestos ahí al qué carajos, una zarza capilar rompepeines, imagen del caos, nido de sus metonimias y sinécdoques, de su cargados hemistiquios, cargados de blasfemias contra el sistema de vida americano o “american way of life”.
Una gran tapa de disco, aquella de Dylan de perfil con el pelo disparado en todas direcciones proyectándose de su cráneo como explosiones solares. No olvido mi LP de Bob Dylan de mis mocedades y necedades en una era analógica que me hace un miembro de la Vieja Guardia, Su literatura con guitarra tenía dureza bíblica y dureza whitmaniana, con sus símiles y oxímoron sus duras palabras para oídos duros decían que había que tener fe en la propia negativa a seguir los modelos de los fariseos, que había que tener fe para caminar hacia atrás y salirse de la trampa. Me marcaron un hábito por la imprecación cantada, tan parecida a la de Bertolt Brecht y a la de Ernesto Cardenal. Yo era un estudiante de literatura (yo, eterno estudiante de literatura) deslumbrado por sus imágenes literarias que parecían repartir las cartas de nuevo en quienes caminábamos por el túnel.

Su canción (Blowin’ in the wind) dice que la rebeldía es un alimento que trae el viento, que trae preguntas y respuestas, que dejes que te azote el viento para que aprendas, para encontrar respuestas y finalmente ser testigo de algo semejante al vendaval que borra a Macondo del tiempo.

viernes, 24 de junio de 2016

La rastredad de los hombres

Los libros de Hernán Vargascarreño que se han cruzado en mi camino han sido para mí un curso intensivo en poesía. Como los libros de García Lorca, de Machado, de Miguel Hernández, han sido mediadores de una experiencia iniciática en quien es principalmente un lector de novelas sin remedio. Me han recordado que las novelas son solo una secta de la literatura comparadas con el canto como gesto característico del ser humano en todas partes.
En otras época superadas de la poesía colombiana el desdoblamiento completo del tema era raro, los libros eran misceláneos, reuniones de poemas ajenos unos a otros. Un raro ejemplo del poemario de tema unitario, Morada al sur, de Aurelio Arturo tardó en ser reconocido como hito fundamental. Por esos poderes limitados de los exégetas y lectores no calaba suficientemente Memoria de los hospitales de ultramar, el canto ambivalente, la elegía herética de Alvaro Mutis (ambos autores se pueden proponer como antecedentes del canto de Hernán Vargascarreño).
Para organizar la masa coral de su elegía, el poeta unitario more Vargascarreño tiene que estar seguro de sus querencias, tendencias, demonios y advertir su destino en ellos. El compromiso a fondo con un tema en poesía implica proyectar la masa coral de acordes temáticos, en fin las voces cuyo diálogo configura el tema. El poeta es el Atlas que sostiene ese universo en levitación gracias a su voluntad poética.  Hoy podemos sacarlo en limpio: la poesía en Colombia se encuentra en plena madurez, Hernán Vargascarreño es un ejemplo feliz. En su reciente libro titulado Montuno, uno de los espíritus que preside es indudablemente el del dios Pan que parece “hacerle la segunda”, para un desciframiento de los misterios convocados en un región de Colombia en donde “el silencio mordiente de los páramos” es más riesgoso que los hielos
Vargascarreño en Montuno -como antes en Tempus-hace surgir un mundo o lo convoca con alarde de totalidad. Le da habla a ese mundo para que sea posible la comunión con él (comunión, he ahí un término que vale como sinónimo de lírica).
Comunión, communio, encuentro en que los hombres truecan sus pocas certezas, sus ilusiones, sus cantos. Oficia, el poeta. Masa coral, masa de las voces del coro, mar de voces, república de voces. La rastredad de los hombres, los filos de las montañas, el viento herido, el silencio mordiente del páramo, las sombras, la roca, todos ellos son voces aunadas en el coro de la elegía abandonada a su momentum.
Montuno es un tratado sobre el destino, un tratado que sugiere que el lugar natal es la clave del andar y buscar del alma. Solo la poesía puede decirlo: la geografía es un destino heroico para el sujeto verdadero. Afortunados quienes tienen un sitio de donde proceden. Es el caso del autor de los cantos de Montuno. Los desarraigados ontológicos que no pueden reclamar pertenencia a un lugar natal al tener, en esta poesía, la visión de la condición humana opuesta, también se aproximarán más a su peculiar destino. Y qué lugar, uno se puede enamorar de él tal como surge en la voz de Vargascarreño:

“No podemos destajarnos de estas tierras que no están hechas para hombres alegres. Aquí está nuestro sino de sombras, aferrado a estos confines del mundo. Más allá de su límites ya no somos, no sabemos ser.” Pag. 14
“mientras bajamos / los estrechos caminos abiertos / sobre la montaña empinada / y abajo el río solo semeja / una delgada ilusión de plata / los gritos de los gavilanes ahondan los desfiladeros / pero más ahonda el silencio de nuestros propios espantajos” pag. 27

Los poderes del poeta
El poeta, todo lo que resucita: los orígenes, los puntos cardinales del alma, los primeros pasos, las epifanías, el lugar que lo pare a uno, la unidad de esas montañas, la intimidad del hombre con su comarca natal, los elementos primarios: el poeta ejerce sus poderes, y su canto es reparador, liberador, sanador.

"Estas montañas / extremidades del mundo / abandonadas a su propio sueño / en medio del caos que es el orden geológico / nada piden a cambio / cuando pasamos sobre sus lomos..
…Con solo sabernos sus peregrinos / les basta para sus arriesgadas geografías / tan hermanadas ellas / a la rastredad de los hombres” pags. 28-29


NOTA: En el mini-formato bibliográfico, estos cantos de Hernán Vargascarreño seducen aún más al ver las montañas y los abismos del Chicamocha contenidos en tan “breve cárcel”. 

Los Zenos

El trato con los héroes estrafalarios lo debo originalmente al cine, medio en que el linaje parte de un individuo de rostro enharinado incapaz de habla, sombrerito redondo, de caminar paradójico y dudosa elegancia, con una mancha de bigote como pintado con el pulgar debajo de su nariz. Ah, y un bastoncillo como única arma. Era Charles Chaplin un emperador de la anomia, un príncipe lumpen, un vocero de la criatura humana desprovista de honores y prebendas pero reclamando un puesto, inventándose cada segundo para no caer derrotado.
La figura estrafalaria que seguramente el vodevil y el burlesque de Londres (el medio en que se formó Chaplin) importaron de Italia, regresa a ese país y funda la escuela de los mimos itálicos encabezados por los Ugo Tognazzi y Marcelo Mastroianni…gran galería inmortal de héroes, con el absurdo y el ridículo eternamente lamiendo sus talones …Alberto Sordi …pero especialmente Tognazzi y su poesía del lío y del problema. Y que consuelo ver en la pantalla a otros igualmente enredados y hasta el cuello en esos problemas que los héroes clásicos no padecen jamás…En el cine nos iniciamos en el trato con estas absurdas figuras de la humanidad, y esa iniciación nos permitió apreciar después las que ha parido la novela universal, que casi tienen ya estatura de arquetipos encabezados por el hidalgo de La Mancha, la nunca bien elogiada Orden de la Triste Figura.
William Shakespeare enriqueció la criatura con sus “Graciosos”, sus “Fools” inmortales. Y con Leopold Bloom, James Joyce promovió el hombre absurdo a figura profética. En medio de los dos Fiodor Dostoyevsky aclaró la cuestión, mejor dicho zanjó la cuestión: ese héroe de la triste figura y los copiosos líos e impasses, al que el ridículo siempre le pisa los talones y es el toque final de su atavío, ese tipo o arquetipo, somos nosotros, somos los hombres ( pronto las mujeres, porque los libros ya arrancan a poblarse de mujeres absurdas y estrafalarias como era necesario que sucediera).
Un estrafalario (me lo imagino en el cine interpretado por Ugo Tognazzi) aventajado y sublime es el héroe de la novela La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. Me parezco a Zeno Cosini en la imprecisión del carácter, en el evadir las decisiones y en dejar que los demás hagan. Solo Salvador Buenaventura, el protagonista de Las obras infames de Pancho Marambio, de Bryce Echenique, es más indolente y vacilante que Zeno. Los Zenos no son tal vez personas que las otras personas amen incondicionalmente y nos preguntamos si los lectores que aprecian estas novelas habitadas por héroes desprovistos de cualidades convincentes, de actos ídem, son legión. Pero.. ¿será que eso es la novela? Confesiones de seres dispares e irreductibles a los lugares comunes del decoro? Ese ser que tiene más de abstracto que de vital. En la novela trata de tener su “gran” momento. Es un ser que fracasa en encarnarse con todas la virtudes y los defectos del ego y de la carne. Los lectores sufrimos con su desatender la seguridad y la supervivencia, queremos que Zeno deje de fumar, que conquiste a las más bella de las hijas de Giovanni Malfenti y que deje de ser hipocondríaco.
Como la de  Zeno Cosini mi vida es un río de peripecias miopes en las que el héroe no se ha propuesto conquistar el mundo ni modificar su destino, para empezar. Y como Zeno, para mí actuar es marchar resueltamente hacia la paradoja y la detención del movimiento. Nuestra virtud protuberante –tanto que permite descartar cualquier otra-es la conciencia, siempre vigilante y consciente de ese actuar que no concluye, ni es liberación ni realización. Zeno y yo somos conciencias sin reflejos vitales como si en las vidas anteriores hubiésemos agotado toda nuestra capacidad de actuar según fines elevados o lucrativos o románticos.

Zeno se parece mucho a Aleksiei Ivánovich, el héroe de El jugador (Dostoyevsky). Su destino acaso parta de una educación incompleta, proporcionada por quién sabe qué mentores, pero seguro no por Séneca o Maquiavelo. Tanto Zeno como Alexiei ignoran los más elementales principios de la política, estructurados en torno al carácter necesario del poder (poder personal en este caso). Se las arreglan para vaciarse de voluntad y celo personal. En sus tendencias se echan de menos las intuiciones sobre el valor personal y el imponerlo sobre los demás.

Qué raros, qué raros y qué raro yo que guardo tantas semejanzas con quienes podrían calificarse de estrafalarios. Otra cosa extraña es que la literatura esté siempre convocando estas “tristes figuras”. Una figura paradójica y equívoca es ese José Arcadio Buendía que el célebre Gabriel García Márquez conjura en su libro famoso y lo retrata en continuo rapto de imaginación, desdeñando este mundo por quimeras de progreso de la mano de invenciones poco prácticas que según su fácil imaginación resuelven los obstáculos a las utopías. Su mujer Úrsula Iguarán nunca perdona a los gitanos que le inocularon la fiebre por los delirios de los inventores. Seres unilaterales como la tarántula, como los que recoge  en su red fabuladora William Faulkner, ese rey de los clowns.